Acá estoy, con las flores que se abandonan. Sí, se abandonan, porque alguna vez fueron nombradas. Su hechura no se basó en sus raíces.
Flores móviles, se transportan por su propia fuerza y también por tantas otras fuerzas anónimas.
Un lago de quieta imagen es capaz de imantar a las flores, susurrarles un llamado, imaginar la posibilidad del movimiento. Al lago venimos las flores que nos atrevemos a morir para renacer del camino. El algo nos llama. Nosotras venimos a su orilla.
Los colores de flor hacen un vaivén junto a la espuma. Un baile de burbujas se mantiene expectante de un abrazo que no llega. Sólo hay pequeños roces de agua, un vaivén que se mantiene constante. Un ida y vuelta es la gran fuerza llamada vida: madre que nos abandona a absorber el sol desde cada hoja.
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